El mundo del espectáculo y la cultura popular está de luto tras confirmarse el deceso del actor y titiritero mexicano Gabriel Garzón Lozano, quien durante tres décadas personificó al ratoncito más querido de la televisión.
La nostalgia ha golpeado con fuerza las puertas de la infancia de millones de personas alrededor del mundo. Durante el pasado fin de semana, se confirmó una noticia que muchos se resistían a creer: Gabriel Ernesto Garzón Lozano, el talentoso actor de doblaje, comediante y titiritero que prestó su voz y carisma al icónico Topo Gigio, falleció a los 57 años de edad. El anuncio, que rápidamente se viralizó en redes sociales, fue realizado por su colega y amigo cercano, el humorista Jorge Falcón, quien lo despidió con palabras cargadas de afecto, deseándole que la “luz perpetua” lo acompañe.
La partida de Garzón no solo representa el adiós a un profesional del doblaje, sino el cierre de un capítulo fundamental en la educación sentimental de varias generaciones. El actor asumió el desafío de interpretar al ratoncito italiano en 1996, tras una rigurosa audición. Su capacidad para imprimirle ternura, inocencia y esa cercanía tan característica hizo que el personaje no solo sobreviviera al paso del tiempo, sino que se mantuviera vigente en cápsulas televisivas en México, Argentina, Estados Unidos y eventos de relevancia mundial como el Mundial de Alemania 2006.
El camino de Garzón no estuvo exento de dificultades. En 2016, sufrió un trágico accidente en Estados Unidos que derivó en la amputación de una de sus piernas, un evento que marcó un antes y un después en su vida personal y profesional, enfrentando duros desafíos económicos y emocionales. Sin embargo, su espíritu resiliente lo mantuvo activo hasta sus últimos días.
En diciembre de 2025, las alarmas se encendieron cuando se solicitó urgentemente sangre para él mientras se encontraba internado en el Hospital Juárez de México. Aunque las causas específicas de su muerte no han sido detalladas por su familia, su legado es innegable. Garzón no solo movía los hilos y ponía la voz; él le otorgó a Topo Gigio la humanidad necesaria para que cada niño, al escuchar su famoso “¡A la camita!”, sintiera que el ratoncito era, en realidad, un amigo de verdad. Hoy, el espectáculo guarda un minuto de silencio, pero su voz seguirá resonando en cada rincón donde un niño aún sueñe con nubes de algodón.