Ese gusto que no subirías a redes sociales, pero que disfrutas intensamente. En Sabores abrimos la caja de Pandora de los placeres culpables y confirmamos que la culpa, lejos de aguar la fiesta, muchas veces la vuelve más sabrosa.
No es debilidad, es humanidad. Los placeres culpables viven en esa frontera incómoda entre lo que “deberíamos” hacer y lo que realmente nos gusta. Un 84 % de las personas en sondeos internacionales reconoció tener al menos uno que disfruta con frecuencia. Y sí, la culpa puede amplificar el placer, como si el cerebro susurrara “prohibido” y por eso mismo irresistible.
El doomscrolling encabeza con 67%, ese desplazarse infinito por redes sociales aunque sepamos que no nos hace bien. Procrastinar marca 51%, compras impulsivas 46%, el chisme 43% y ver TV “basura” o contenido ligero fluctúa entre 26 y 38%.
Los placeres culpables de las celebridades
Las celebridades tampoco escapan. Megan Fox confesó que no se sube a un avión si no está escuchando a Britney Spears. Más que gusto, es cábala pop. Angelina Jolie, en cambio, disfruta comer insectos: partió con grillos y cerveza y luego avanzó a tarántulas, que sus hijos comen como papas fritas.
Johnny Depp colecciona muñecas Barbie, incluidas versiones de Beyoncé, Elvis Presley, Marilyn Monroe y Audrey Hepburn. La más excéntrica es una de Lindsay Lohan con un brazalete de arresto domiciliario en el tobillo. Y Meryl Streep admitió que ama la comida rápida y que hace ejercicio “por las hamburguesas de queso”.
En Sabores las animadoras también se confesaron. Camilísima sorprendió al confesar que su placer culpable es Alexandre Pires. Dijo que nadie lo sabía porque su identidad musical siempre ha sido más rockera. Antonella fue más íntima y contó que buscaba un lugar tranquilo, se encerraba y lloraba frente al espejo hasta sacar “lágrimas antiguas”. Relató que era su forma de catarsis, un ritual emocional para botar lo acumulado.
Eloísa, por su parte, confesó que su placer culpable era reventar espinillas y sacar canas a sus pololos. Entre risas, reconoció que encontraba satisfacción en esa misión casi quirúrgica, aunque supiera que no era precisamente elegante.
Especialistas en conducta explican que estos gustos no siempre hablan de descontrol, sino de pequeñas válvulas de escape frente al estrés diario. Diversos estudios sobre hábitos digitales y consumo muestran que estas gratificaciones breves pueden generar alivio inmediato y por eso tienden a repetirse, especialmente en rutinas exigentes.
Con cifras que superan el 80% a nivel global y confesiones que van desde llorar frente a un espejo a escuchar a escondidas a un cantante romántico, los placeres culpables se consolidan como un fenómeno transversal, cotidiano y bastante más común de lo que muchos reconocen en público.